Estrelló el encendedor contra la mesa. Un cenicero verde botella, rebalsado de colillas viejas, era lo único sobre la mesa. El marrón roble contrastaba con el recipiente de vidrio. La luz escaseaba y la madrugaba no ayudaba. Cuatro eran las sillas; tres esperaban un culo visitante.
Lo tiró con bronca y no se preocupó en disimularlo. Tras el ruido seco, rastrilló el aire lentamente con sus dedos, como atrayendo espacio hacia su pecho. Asintió con la cabeza mientras la mano repetía el movimiento. Sus párpado son kilométricos. Un obsceno pero prolijo delineado negro en punta los enmarca. Ana tiene los ojos grande, profundos e intimidantes. Cuando Ana mira, incomoda. Su cuerpo habla, cuestiona, acorrala. Cuando Ana gesticula, manipula.
-Sentate ahí- sentenció y tiró en línea recta hacia arriba el humo que rápidamente se amalgamó con lo invisible y desapareció. Su mirada había señalado la silla en frente de ella. Mi figura se encontraba ridícula y centrada en la oscuridad de la cocina. La mesa se ubicaba en la esquina del cuarto; a mi espalda la puerta que daba al extenso pasillo que hacía instantes había cruzado. La mesada era gélida, no hacía falta tocarla para saberlo. La heladera mostraba vestigios de lo que alguna vez había sido blanco y la alacena también lo había sido, sólo que ahora el amarillento y la humedad avanzaban y se lo devoraba. Lo más triste eran los azulejos verde agua con uniones negras, acompañados por paredes descascaradas, marcos carcomidos y manchones de humedad. No tenía opción. Mis pies se movieron, mi mano llegó al respaldo de madera y mi culo llegó para hundir la hinchazón aterciopelada.
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