La crucé una madrugada de invierno, de causalidad, al
quedarme encerrada en la vereda de mi casa. Las llaves no sonaban en mis
bolsillos y de repente su puerta se abrió. Su aspecto era ligero, cualquiera podía deducir que estaba apurada. Pero no podía desaprovechar la presencia de una figura humana y vecina. Le
expliqué y con pocas ganas, me dejó entrar a su morada.
Me prestó un imán amarillento y el teléfono para llamar
al cerrajero. Sonaba y el silencio me incomodaba. Contestan del otro lado. Relato.
- ¿Entre tres y cinco horas? -repetí con un grito que
llenó el ambiente.
Su cara fue peor que el grito. Me dijo que tenía que salir, que la esperaban. Le supliqué
asquerosa y sutilmente. Me miró fijo y dejé de sentir frío, miedo, tiempo y todo sentimiento. Tras un silencio corto pero desesperante,
el sonido de la madera arañando el piso me hizo inquietar (y volver a ser consciente de sentir). Arrastró una silla a
la mesa y mientras prendía un cigarrillo y se sentaba me dijo: Me llamo
Ana...